A dónde van las historias para nadie.

Publicado: 11 diciembre, 2014 en Uncategorized

– Los lectores esperan ciertas cosas de mí. La gente leerá ésto y se llevará una decepción. No hace lo que se supone que tiene que hacer una historia normal.
– Esos, que se jodan. Ésos pueden leer montones de historias. Pero, ¿y yo? ¿Dónde están las historias para las personas como yo?
Deja que esas otras personas tengan sus historias normales. Esta historia no es para ellas. Ésta es mi historia. Es para personas como yo.
Si esta historia te pareció desconcertante o decepcionante, te pido disculpas. La verdad es que, seguramente, no era para ti. Por suerte ahí fuera hay muchísimas historias más que fueron escritas para vosotros. Historias con las que disfrutaréis mucho más.
Esta historia es para las personas un poco dañadas que hay ahí fuera.

A menudo solemos soy crítica con las cosas que me rodean, pecando de una soberbia que muy poco me caracteriza; pero creo que a veces necesitamos la perfección a nuestro alrededor para suplir nuestras propias carencias. Me explicaré: no estoy diciendo que seamos seres inútiles o que nos engañemos a nosotros mismos intentado ser algo que no somos, ni mucho menos; simplemente, somos humanos y cometemos errores.

Personalmente, me da muchísima vergüenza reconocer públicamente que me he equivocado en algo. Para mí es algo inconcebible que no puede suceder. El rubor acude a mis mejillas en cada error que cometo anunciando una fecha de Historia, un rumor mal entendido, una palabra puesta en boca de otro o una simple división matemática.

Y creo que a veces para suplir ese tipo de carencias, de errores de nuestra condición humana, exigimos perfección en otros ámbitos que nos rodean: orden maniático, una pareja, un círculo de amistades, el estado de un vestido de fiesta o, como es mi caso, una historia.

Me gusta leer algo bueno, muy bueno. Algo que despierte mis sentidos, sacuda el alma, me ponga a prueba, dinamite mi inteligencia y que termine con una ovación oral por mi parte. Me apasiona la sorpresa y la emoción, soy partidaria de los juegos con la gramática, la manera de narrar y cualquier cosa que altere las condiciones en las que “se supone” que se debe escribir una historia. Vamos, lo que en clase de Lengua Castellana se conocía como “planteamiento, nudo y desenlace”.

Y por eso, cuando me encuentro con un libro cuya historia no me ha gustado, la critico al máximo y la condeno al fuego eterno. Así de poca tolerancia (o ninguna) peco y de estúpida puedo llegar a ser.

Me ha pasado con unos cuantos libros que no voy a citar, porque no quiero quitarle protagonismo al que ha sido el culpable de éste post: “La música del silencio“, de P. Rothfuss. Él mismo lo advierte al principio de sus páginas, no es un libro que quieres comprar y mucho menos leer; pero como soy una enamorada de su trilogía de “Crónica del Asesino de Reyes” y me gustan los retos, lo compré y lo leí.

Y supe que tenía razón. Al menos, hasta leer la nota final del autor.

Estaba casi celebrando llegar al final de la historia que se me hacía insostenible, aburrida y sumamente extraña; que revelaba tanto y tan poco a la vez sobre el único personaje del cuento, cuando leí ese último apunte con el que encabezo esta entrada.

Fue como un jarro de agua fría. Espectacular, sumamente espectacular. Toda una bofetada de humildad.

En realidad es algo que todos sabemos pero como bien he dicho, en nuestra obsesión de cubrir nuestras carencias con perfecciones absurdas materiales, nos volvemos insoportablemente exigentes. He comprendido que no hay historias buenas ni malas, ni mejores ni peores; existen historias para distinto público. Y ésto es algo que jamás me había planteado hasta este momento. Ocurre lo mismo con las personas, no se puede agradar a todo el mundo. Y tampoco le va a gustar el mismo cuento a todos (para gustos, colores; ¿no?).
Es una lección valiosísima que me he grabado a fuego en el corazón.

La música del Silencio” es un libro especial, puede que sea para las personas que como Rothfuss ha dicho estén un poco rotas y por eso precisamente, yo no he sido capaz de ver la magia que encierra entre sus páginas. Pero sí que he visto la que encierra en la conclusión final que el autor hace.

 

No existen grandes historias, existen grandes personas que hacen que los relatos merezcan la pena.

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