Al calor del amor en un bar.

Publicado: 28 octubre, 2014 en Uncategorized

Que a mí me gusta beber es indiscutible, que no sé decir que no a una cerveza, también.

Yo he salido a mi padre, tal cual. Soy pequeña, con el culillo pafuera, la letra chiquitilla, los dedos de señor y una cara de buena que me la meten dobladas día sí y día también. Y por supuesto, soy niña de calle. En el transcurso de mi vida, mi padre ha parado en casa para tres cosas: ducharse, comer y dormir. Y a veces ni eso. Pues yo he salido a él, enterita. Odio estar en casa, no puedo quedarme entre cuatro paredes que no sea la cocina o una habitación con televisión para jugar a alguna consola.

Nosotros hemos nacido, para la desgracia de la humanidad, por y para vivir en los bares.

Y anoche, me secuestraron. Fue consentido, por supuesto. Fue después de correr, para jolgorio de mis “entrenadores” y para engañarme a mí misma de que con eso había quemado todas las calorías innecesarias del día. Comenzó como siempre: “yo me echo dos y me voy”, plenamente consciente del transfondo que esa frase oculta.

Dos cervezas que fueron cuatro tercios, con sus tapas.

Dos copas que se convirtieron en cuatro también.

Cuatro canciones, porque había un karaoke: la Barbie Girl, la Mataré de mi Loquillo, la Fiesta Pagana y el Here Without You. Madre mía que recuerdos me vienen a la mente, que vergüenza ajena.

Y fue también un reencuentro, un “nada ha cambiado”, un “te quiero”, pero infinito; por supuesto. Un desparrame de sentimientos, una llamada internacional a Argentina, una voz angelical cantando y la mía desgarrando la noche. Fueron promesas de repetir como mínimo una vez por semana, una explicación de por qué esta señorita que hoy me acompaña es bollera pero yo no, fue un atraco a mano armada cuando me dieron la cuenta y una auténtica vergüenza el regreso a casa.

Fueron confesiones de verdades que ya sabíamos desde hace varios meses porque nos conocemos como si fuésemos gemelas univitelinas; y tres cobras que le tuviste que hacer al muchacho de 38 años que resultó ser tu vecino del tercero. Un cambio de nombres, porque yo mira, perdona pero no me llames Pepa porque me llamo Yitar. Como mi madre, que se inventó el nombre para mí. Es que soy alemana, ¿sabe usted? Como mi marido, el cual mide metro-noventa.

Fueron tres canciones de canto obligado bajo un brazo constrictor en el cuello de una chica redonda como una sandía, tres explicaciones de que a mí me gustan los señores y con pene preferiblemente; y tres rebatidas que me hizo la tía porque “yo sé lo que a ti te gusta en realidad”. A eso le sumaremos contestaciones picantonas en el Whatsapp de tu madre, dos cigarros que me fumé contigo porque sí, una uña partida correspondiente al dedo meñique del pie izquierdo (que por cierto, todavía me preguntó con qué me di), una petición inútil de mi “Spanish Bombs” y un par de anécdotas que nos contaron que daban susto.

En resumen: fue el inicio del Otoño y, como para mí el año comienza en Septiembre, la primera inauguración oficial del Sexi Trivium 2015.

Vamos a ver qué más aventuras nos aguardan.

 

 

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