Andrés.

Publicado: 30 noviembre, 2013 en Uncategorized

El lado derecho del cerebro es ese rebelde que todos llevamos dentro. El ilógico, el espontáneo. El que nos hace hacer locuras. El lado que nos hace darle más importancia al corazón cuando la razón no lo entiende. El lado de los colores, de la música, del arte. El que guarda las ganas de cambiar, de emprender. El que nos inspira. El que crea, moldea y libera nuestra imaginación. Es un plan improvisado; es apostar, es el que arriesga. Es el director creativo de nuestra vida. Es el lado que necesita saltar en conciertos y devorar libros para mantenerse en forma… Y también es al que castigamos cuando abusamos de la televisión: La caja tonta que le corta las alas.

Una vez hice un test que averigua qué lado del cerebro utilizas más y a nadie que me conozca le puede extrañar que mi resultado fue que utilizo un 74% de mi cerebro derecho. Y es ello es el por qué de esta entrada.

Va por ti, Andrés.

Los viajes en solitario son siempre aburridos y más cuando son largos. Hace poco volvía de Barcelona haciendo una pequeña escala en Málaga, donde a partir de allí cambiaba mi medio de transporte hasta llegar a casa. Es curioso que un viaje cuyo vuelo que apenas dura una hora se alargue hasta siete horas por culpa de las esperas y los transbordos. Pero yo no soy persona de aburrirme ni de estar quieta, es más: soy un auténtico coñazo para los pobres que me tienen que soportar cada día. El caso es que allí estaba yo, esperando un autobús que no llegaba que tenía que llevarme hasta la estación de autobuses de Málaga, lloviendo como llovía y más sola que el copón. Ya no me quedaban padastros que morder y mi batería peligraba; no tenía ganas de dormir y el frío tampoco me hubiese dejado así que digamos que estaba ya hasta las narices del viaje y comenzaba a cuestionarme por qué se me habría ocurrido irme a Barcelona de fin de semana…

hasta que llegó Andrés

Le había visto en el avión, estaba sentado justo a mi lado y ahora también íbamos a compartir autobús. Esa breve relación que tuvimos fue lo que me impulsó a pensar que ya teníamos la suficiente confianza para poder charlar un rato aunque fuera sobre el tiempo. Y yo necesitaba ya hablar con alguien aunque fuesen 5 minutos así que con toda la confianza y la poca vergüenza que tengo me presenté y nos pusimos a hablar.

Hablamos de nuestras carreras, nuestras profesiones; hablamos de la gente, de los erasmus, del carácter de la gente del Norte, de las parejas, de sus orígenes, de Barcelona; compartimos un “¡me encantan tus zapatos!” y un formal “¡qué frío cojoneh!”, un par de sonrisas y sobretodo, un trayecto ameno.

– ¡Uy! ¡Ésta es mi parada! ¡Me voy corriendo a ver si me la voy a saltar y pierdo mi autobús de enlace!
Así, sin más. Soy única para poner fin a las conversaciones y armando un escándalo de un par. Estaba bajando ya casi del autobús, cuando él me gritó:

– ¡Oye! ¡Que me llamo Andrés!
-¡Yo soy Teresa! ¡Encantada y hasta luego!

Acojonante. Nos tiramos hablando sin parar durante casi media hora, contándonos mil cosas banales con y sin sentido y no se nos ocurrió presentarnos. Por supuesto, tampoco nos dimos Facebook, ni un número de teléfono. NADA. Fue una divertida y amena conversación de trayecto que quedará para el recuerdo.

¿Para el recuerdo?

Y aquí es cuando entra funcionamento mi lado derecho del cerebro, machacádome durante dos días completos pidiéndome a gritos que buscara a Andrés. ¿Por qué? Buah… ¿Y por qué no? Si en veinte minutos conectamos tan bien, charlando sobre una larga lista de cosas y descubriendo varios puntos en común, ¿qué no haríamos en un par de horas tomando una cerveza? Andrés me resultaba un buen chaval que sin duda podría convertirse en una buena amistad por el simple hecho de haber conectado tan bien en tan poco tiempo.

Y ese sentimiento sólo me ha pasado dos veces y a día de hoy, ambos son mis mejores amigos.

Así que comenzó mi búsqueda. ¿Cómo localizas a un tío del que sólo sabes que es de Málaga, su profesión y su nombre de pila? Bueno, pues soy tan cabezona y mi cerebro es tan creativo, que no pierdo la esperanza de encontrarlo. Creo que estoy siguiendo una buena pista y cada día me parezco más a una psicópata, por lo que entendería perfectamente que si llego a encontrar a Andrés no quiera saber nada de mí debido a esta psicosis mental mía que solo los derechistas cerebrales como yo podemos entender.

Yo prefiero pensar que forma parte de mi encanto.

No pierdo la esperanza y creo firmemente que si Dios (o el destino, o la energía, o el paradigma del Universo) nos puso en ese autobús, era precisamente para ésto, porque somos dos almas muy similares.

No tengo prisa, Andrés. Nos volveremos a encontrar.

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