Cambios.

Publicado: 19 septiembre, 2013 en Cambio, Hasta luego, Reflexiones
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Una vez me dijeron que estamos hechos de las mismas moléculas que formaron el big bang, así que resulta lógico pensar que somos polvo de estrellas.

Estamos hechos para cambiar, estamos hechos para aguantar.

Comienza ahora un nuevo capítulo del libro de mi vida. Mi cuaderno de bitácora se traslada a la costa tropical para continuar escribiéndose durante un año. Cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad.

Pues bien, el año pasado estaba pidiendo a gritos independencia, echaba de menos la experiencia de vivir sola y sentía “que no estaba viviendo plenamente, que necesitaba esa experiencia de vida”. El karma, Dios, el destino, la casualidad o causalidad; como lo quieras llamar, me ha dado la oportunidad que tanto reclamaba. Un día me acuesto como una estudiante pre-parada más de este país que conformamos la sociedad de los veintitantos, con mis amigos que vienen y van, mi pareja y mis tontas preocupaciones absurdas; y a la mañana siguiente me despierto como parte de la población activa que va a ayudar a levantar el país, trabajando en lo que he estudiado (¿No he mencionado que soy óptica en tiempo libre?), teniendo mi propio piso, en una ¿ciudad? totalmente nueva y desconocida para mí y sola.

Las noticias importantes no vienen marcadas por una fecha marcada en el calendario, como una graduación o un cumpleaños; son aquellas que te son brindadas un Martes cualquiera, tras una llamada de teléfono, sobre las cinco de la tarde.

Y hago balance de todo lo que me llevo, lo que dejo y lo que voy a tener que hacer; y resulta curioso pensar que lo que más voy a echar de menos es lo que más detestaba. La pimienta de la vida, por llamarlo de alguna manera:

  • Odiaba tener que levantarme todos los días sobre las 5:30 o las 6:00 de la mañana para salir del piso de Él y tener que llegar al mío, porque tenía que irse a trabajar. Me quejaba de las pocas horas de sueño que disfrutaba a diario y ahora me doy cuenta de que son las únicas horas de paz que tenía en todo el día. No volveré a compartir sus sábanas, porque no voy a estar allí.
  • Tener que llevar a mi hermana a clase todos los días (o casi todos) y recogerla. “¡No soy su madre!”, me quejaba. Qué gilipollas puedo llegar a ser. Voy a perderme un año escolar de mi hermana pequeña, voy a perderme sus conversaciones de niña por las mañanas, su jornada diaria, sus deberes, sus risas, sus cosas. Y ahora es cuando desearía que sólo nos llevásemos un par de años para poder entendernos  y disfrutar más la una de la otra; y no quince que son los que nos distancian.
  • Las discusiones con Él. Nuestros crispamientos, enfrentamientos, gritos, conversaciones sin sentido, sentir la sangre hervir en las venas, los “no puedo más contigo”… Y también los deseos por tener una vida común, los te quieros porque sí, los besos robados, las risas, las gracias a Dios por estar contigo un día más. Queremos a las gente por sus virtudes, pero las amamos por sus defectos; y sobretodo, las amamos porque nos hacen darnos cuenta de lo insufribles que somos en realidad y aún así, nos quieren más de lo que nadie jamás llegará a amarnos.

Supongo que esas tres son lo primordial en una vida cualquiera: dos puntos para la pareja y uno para la familia. Las demás cosas que detesto de mi rutina son tan ínfimas que no merece la pena ni mencionarlas y hay otras muchas otras que sí que voy a echar de menos, porque no he necesitado odiarlas para comprender cuánto las he necesitado.

Tengo muchos amigos que Granada vio nacer y crecer; y que ahora han tenido que partir, al igual que los amigos que conocí porque pasaron por aquí de paso. Pero también me dejo a otros que continúan su vida en este mismo lugar, que han estado conmigo en las buenas, malas, mejores y peores. Esas personas que hacen de este mundo una vida mejor y creedme, no exagero ni un ápice. Probablemente sean las mejores personas que he conocido en mi vida.

Le digo un “hasta luego” a mi Granada, porque sí es cierto que es una Ciudad de Paso y precisamente por eso es la ciudad más polivalente que existe. Me dejo sus mil y pico bares y pubs, establecidos por categorías para todos los gustos. Porque a Granada no le importa tu condición social, étnica, religiosa o musical; a Granada le importa tu bienestar y te ofrece un abanico de posibilidades casi ilimitada para que tu estancia aquí sea la más feliz de toda la Tierra.

Me dejo sus calles anchas, estrechas, escondidas, secretas, grafiteadas, recién pintadas, mágicas, las que pisaron por primera vez el pueblo árabe y que reconquistó el pueblo cristiano. La ciudad que enamoró a músicos, poetas, hombres, mujeres, niños, estudiantes. La que cada año enseña a vivir a los niños que juegan a ser mayores, estudiando en una de las mejores universidades de España. Mi Granada, que nunca dejará de sorprenderme.

La que me presentó al amor de mi vida. Y al otro. Y a mis mejores amigas, la que me vio crecer y me fascinó con sus leyendas, la que me abriga y me cuida incluso cuando vuelvo sola a casa por las noches ebria de alcohol, amistad, fiesta y amor. Donde aprendí a montar en bicicleta y a saborear la cerveza, donde de la noche a la mañana me convertí en mujer para luego volver a ser una niña. Donde he derramado lágrimas dulces y amargas, donde he dicho “¡Hola!” con el brazo levantado y “¡Hasta luego!” con una sonrisa en los labios a nuevos y viejos amigos y conocidos.

Sin duda, dejo muchas cosas atrás para poder avanzar un poco más adelante. Y sin embargo, esto no es más que un “Hasta luego”. Aún me queda Granada para rato, para cada fin de semana. Simplemente digo adiós a su “rutina” de la que tantas veces me he podido llegar a quejar. Me voy para crecer, para ejercer una profesión que tanto me ha costado conseguir.

Me voy para volver.

Hasta luego, GranHada.

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